
Anatomía del colapso: ¿Por qué nos cuesta tanto avanzar como país? Escribe: Saturnino Cartagena Huaillani*
Las razones ocultas detrás de una promesa republicana que sigue sin cumplirse
El gran problema del Perú no es simplemente que hayamos tenido malos gobernantes en los últimos años. El verdadero «fallo» viene desde el día uno. Si miramos nuestra historia para buscar las causas profundas, descubriremos que en 1821 fundamos un Estado sobre el papel, lleno de leyes e ideas bonitas, pero completamente divorciado de la realidad de la gente. Nacimos como una república centralista que dejó de lado a las regiones y arrastró los mismos golpes de exclusión de la época colonial.
El poder nació desconectado de los ciudadanos, y por eso las instituciones terminaron convertidas en cascarones vacíos que cualquiera usa para su propio beneficio. Esta desconexión es la que provoca que nuestras crisis no sean mala suerte del momento, sino un problema que se repite una y otra vez.
En primer lugar, esta distancia entre el Estado y la gente explica por qué nunca hemos tenido partidos políticos de verdad. Los partidos deberían ser el puente que lleve los problemas de la calle hacia el gobierno. Sin embargo, en el Perú siempre han sido débiles o han estado controlados por argollas. Tras la desaparición de los partidos tradicionales a fines del siglo pasado (XX), nos quedamos sin organizaciones serias. Hoy lo que tenemos son «franquicias electorales», marcas temporales que aparecen en cada elección para ganar un puesto y luego desaparecer. Al no tener proyectos colectivos que duren en el tiempo, la política se vuelve un negocio de corto plazo, incapaz de escuchar a la gente y lista para estallar ante la menor protesta social.
Como no tenemos instituciones en las cuales confiar, caemos siempre en la segunda gran trampa, buscar un salvador. En el siglo XIX, este salvador era un militar que tomaba el palacio de gobierno por la fuerza. Hoy el truco es el mismo, pero el personaje ha cambiado. Ahora buscamos a un caudillo civil, un outsider o un líder con un discurso populista que promete arreglar el país con una varita mágica. El problema es que los peruanos solemos votar por un rostro y no por un plan. Cuando ese líder inevitablemente decepciona, se debilita o termina salpicado por la corrupción, todo el gobierno se viene abajo porque no hay nada sólido que lo sostenga, dejándonos otra vez en la total orfandad.
Para colmo de males, las reglas de juego de nuestra Constitución parecen diseñadas para pelear en lugar de gobernar. El sistema peruano creó un híbrido peligroso, le da mucho poder al presidente, pero al mismo tiempo le da armas letales al Congreso. Herramientas como la disolución del Parlamento o la vacancia presidencial por «incapacidad moral» se pensaron como salidas de emergencia para casos extremos. Sin embargo, los políticos las han convertido en piedras para tirarse todos los días. El equilibrio de poderes se volvió una guerra a muerte donde la única forma de que un bando gane es destruyendo por completo al otro, lo que termina trayéndose abajo la estabilidad de todo el país.
Para salir de este ciclo que nos destruye, la teoría de la historia nos dice que no sirve de nada seguir cambiando de presidente si no cambiamos las reglas del juego. No necesitamos mesías, sino una reingeniería de cómo funciona el poder. Esto significa pasar de una democracia donde le firmamos un cheque en blanco a cualquiera, a un sistema que obligue a los políticos a ponerse de acuerdo. Necesitamos reformar la Constitución para cerrar los vacíos legales que provocan las peleas entre el Ejecutivo y el Congreso, y poner reglas electorales que castiguen a los partidos fantasma. Solo cuando las reglas obliguen a pensar en el largo plazo, podremos jubilar a los caudillos y construir un Estado que trabaje para la gente.
El drama de la gobernabilidad en el Perú no se va a solucionar con nuevas elecciones ni haciendo pequeñas reformas que solo tapan el sol con un dedo. Mientras no construyamos partidos de verdad, dejemos de buscar salvadores milagrosos y arreglemos el equilibrio de poderes, los peruanos seguiremos atrapados en el mito de Sísifo: empujando la roca de la democracia con mucho esfuerzo hacia la cima, solo para ver cómo se nos cae una y otra vez por culpa de los mismos errores del pasado.
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